Cómo han evolucionado la confianza y la responsabilidad

confianzaHablar de confianza y responsabilidad hace veinte años significaba que si uno quería ir a jugar con los amigos tenía que ir y decirle personalmente a la mamá o al papá; es decir, hacerlo de frente. Y se esperaba uno a la autorización o negativa de permiso mientras la banda esperaba afuera con el balón parado por nuestra culpa. De manera semejante, cuando salías de casa se formaba una especie de «velo de silencio» que a veces duraba unos minutos y en ocasiones hasta poco más de un par de horas durante el cual en casa no sabían nada acerca de nosotros: dónde andábamos, en compañía de quién y si habíamos llegado con bien al lugar a donde íbamos, que podía ser la casa del primo o de la novia. Los papás tenían que esperar a que nos reportáramos desde donde anduviéramos y para eso teníamos que caminar hasta encontrar un teléfono público que funcionara, que no estuviera vandalizado o en todo caso pedir el aparato en casa del amigo o en la tiendita de la esquina y marcar la enorme secuencia de CINCO NÚMEROS para poder comunicarnos a casa.

telbloquedadoNi se diga si en la casa de tu amigo no tenían teléfono, o si no lo habían pagado y lo tenían cortado, o peor aún, si contaba con un «candado» que se usaba para bloquearlo e impedir hacer llamadas, cuando en aquellos tiempos te cobraban una barbaridad por cada minuto que hablaras.

Cuando tardábamos más del tiempo acordado con los papás sabíamos que íbamos a tener en marcha un operativo doméstico para localizarnos y que mamá o papá ya podían estar guardando su equipo de asalto y telecomunicaciones para establecer un cerco perimetral y peinar el área como comandos para localizarnos en menos de quince minutos en caso de que insistiéramos en no dar señales de vida.

Hoy día, basta con que uno mande un Whatsapp a la progenitora, y eso para avisarle que ya anda ocupado al otro lado de la ciudad. Al parecer, los papás ya aceptaron que esa es la dinámica actual para establecer acuerdos y permisos para las salidas, ya sea para trabajo o para diversión o para galanear. Opera de igual manera en los casos en que nuestra salida se alarga: con un Whats o un Inbox por Facebook queda resuelto el asunto.

Aparentemente.

Hace veinte años uno podía salir de la casa tranquilamente a las cuatro de la tarde y volver hasta las ocho o nueve de la noche para contar a los papás que anduvimos como pata de perro por las calles y que hasta nos extraviamos y tuvimos que preguntar a desconocidos cómo llegar a una calle principal para tomar el camión de regreso. Y si de confianza 2plano éramos realmente unos valientes aventureros hasta podíamos pedir aventón en la calle para que nos acercaran a nuestro domicilio, pues el dinero del pasaje ya nos lo habíamos gastado en refrescos y papas. También había regaños y sanciones, claro, como las de hoy: no sales, no puedes jugar con la consola, tienes que arreglar tu cuarto, etcétera. Eso no ha cambiado mucho desde aquellos tiempos.

Hoy, ni siquiera es necesario conocer los rumbos por los que vamos a andar, ni los nombres de las calles para poder llegar a una ubicación, pues el GPS nos va guiando a través de alguna aplicación de mapas y nos dice con voz sensual «en doscientos metros da vuelta a la izquierda, en veinte metros está tu destino» así que eso de perderse quedó en el olvido. Pero aun así nunca estará de más echar una llamadita a los padres que seguramente preferirán escuchar tu voz para saber dónde andas y si te encuentras bien.

Arturo Haro.

arturoharo@gmail.com

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